jueves, 14 de octubre de 2010

Un reclamo de justicia, una búsqueda y un encuentro

Declararon los hijos y el hermano de GASTON GONÇALVES en el juicio contra Luis Patti, Bignone y otros dos represores.
Los primeros testigos del juicio contaron el secuestro de Gastón, las denuncias, el hallazgo de sus restos y el encuentro de Manuel, que recuperó su identidad en 1995.
     
 Por Alejandra Dandan

“A fines del año ’95 supe que mi papá era Gastón Gonçalves, soy uno de los nietos recuperados”, se presentó Manuel Gonçalves ante el tribunal. “Supe que el 24 de marzo de 1976, sabiéndose perseguida, mi mamá dejó de tener contacto con su familia, estaba embarazada y pasó a la clandestinidad; después de varios meses, tuvo el parto, sé que no estaba en las mejores condiciones, con lo cual no sé donde nací.” A partir de 1995, Manuel reconstruyó esa historia que ayer intentó explicar a los miembros del Tribunal Oral Federal de San Martín, en la primera audiencia de testigos del juicio contra Luis Abelardo Patti y otros tres represores. Después hablaron su hermano Gastón y otros familiares. También se escucharon dos testigos clave: ex compañeros de militancia que narraron su encuentro con Gastón Gonçalves mientras todos permanecían secuestrados en las pequeñas celdas de un camión celular estacionado en el predio de la comisaría de Escobar.

El anfiteatro municipal del descampado de José León Suárez recibió a los familiares de las víctimas e impulsores de las investigaciones sobre los crímenes de Campo de Mayo. Las miembros de organismos de derechos humanos, partidos políticos y organizaciones sociales se acomodaron en las sillas, cubriendo el auditorio por donde H.I.J.O.S. comenzó a distribuir copias en blanco y negro de una foto mil veces repetida con la cara de Gastón. Su presencia quedó así esparcida en toda la sala. Adelante sólo se sentó el ex comisario Fernando Meneghini. Reynaldo Bignone, Santiago Omar Riveros y el propio Patti, los otros tres acusados del juicio, permanecieron en una sala contigua porque se negaron a ingresar.

La presidenta Lucila Larrandart abrió el debate a las diez de la mañana. Manuel comenzó a ordenar los pedazos de esa historia que empezó a entramar en el ’95. Contó la muerte de su madre. Manuel ya había nacido. El 19 de noviembre de 1976, dijo, estaban refugiados en una casa de San Nicolás con un matrimonio que huía de Capital Federal con dos niños. En la madrugada, un operativo de unas 40 personas, integrado por las fuerzas de seguridad conjuntas, rodeó la casa y la destruyeron. Dijo: “El único sobreviviente de ese episodio fui yo”.

Permaneció aislado en un hospital durante cuatro meses, seguramente trasladado por el responsable del operativo. El juez a cargo de su caso no hizo nada para devolverlo a su familia. “Perdí mi identidad”, y creció sabiendo sólo que era hijo adoptivo. En 1995 conoció a su abuela y a su hermano Gastón. “Y empecé a encontrarme con toda esta historia, parte de ella es la que se va a contar en esta causa.”

En ese camino necesitó acercarse a los lugares por los que habían pasado sus padres. Volvió a la casa de San Nicolás, a los lugares de militancia en Garín, Maschwitz y Escobar. Al año siguiente, el testimonio de una empleada del cementerio de Escobar permitió localizar tumbas de NN con cuatro personas, entre las que estaba su padre. “Nos ofrecieron ver los restos, pero yo intentaba recuperar la historia y me resultaba raro encontrarme con los huesos, a los que finalmente vi involuntariamente hojeando las páginas de Crónica.”

“Lo que más me acuerdo –dijo– es de una frase que el juez le dijo a mi abuela: ‘Señora, ahora usted va a poder hacer su duelo’. Poco a poco entendí que eso era fundamental.” Tras la exhumación, la madre de Gastón quiso cremar sus restos. Manuel intentó convencerla de no hacerlo. Pero ella tenía miedo de que alguien los levantara y volvieran a ser tirados en algún lugar. “Mi abuela me había buscado a mí, a mi papá, a mi mamá, había motorizado todo, con lo cual no podía pedirle mucho más.” Manuel la acompañó porque la imaginó sola. Cuando llegó, ella estaba con una bolsa en la mano. Le pidió ayuda y él la llevó a los bosques de Palermo. “Ahora finalmente son libres”, le dijo Matilde cuando todo terminó.

La noticia de su restitución reactivó los primeros tramos de la investigación que empezó para saber qué había pasado con sus padres. Conoció a Eva Orifici y a Raúl Marciano, dos compañeros de militancia de Gastón, que declararon poco más tarde y que estuvieron secuestrados con su padre. “Ellos son los primeros que nos dicen que mi papá estuvo en la comisaría de Escobar”, dijo.

Empezó a descubrir a Patti. “Para mí era muy llamativo –dijo–. Patti era una figura pública porque era intendente; era la persona que había ido a esclarecer el caso María Soledad mandado por el presidente de entonces en base a sus poco felices antecedentes. Para mí ése era Patti, no tenía idea de cuál era la relación con los desaparecidos, con mi papá, pero empecé a escuchar que había sido oficial de calle, su nombre aparecía como una referencia directa a él, era joven en ese momento como ellos, era ‘el loco Patti’ y sabían que con él iban tener problemas.” Lo misma confirmación obtuvo su abuela Matilde en una marcha. La mujer de otro de los secuestrados se acercó a decirle que a Gastón y a su marido se los había llevado Patti.

Su abogada, Ana Oberlin, guió las primeras preguntas. Manuel explicó que el 24 de marzo, luego de la detención de Gastón, fueron a la casa, ataron a la abuela, la encapucharon y se la llevaron a un lugar que otro testigo identificó como la comisaría 21ª de Capital Federal. “Mi abuela tenía la fantasía de que en realidad mi papá estaba ahí y, por lo tanto, hacían eso para que él la escuchase.” Cuando salió, se dio cuenta de que estaba a unas cuadras de la casa, de donde le habían sacado todo, hasta las gaseosas. “Encontró el departamento destruido, y se fue a la misma comisaría para decirles: ‘Ustedes me robaron todo’. Pero no le tomaron la denuncia.”

Su hermano Gastón, integrante del grupo Los Pericos, se sentó poco después en esa misma silla. También él contó esa historia dividida con datos que habían quedado en otro lugar. Hijo de la primera esposa de Gastón, con la que había militado, vivía para la época del golpe en una casa de Belgrano. Gastón situó a su padre como trabajador del Banco Nación, echado luego de un reclamo por una guardería. Y la persona que se había dedicado a hacer trabajo de base en Garín entre la Juventud Peronista. Veía a su padre dos veces a la semana. El resto del tiempo estaba en el territorio. “Era su lugar –dijo–. Hacía trabajo de alfabetización, caminos, escuelas, guarderías, un lugar al que yo iba, un lugar de mucha alegría.”

Al poco tiempo, dijo, “dejé de ir; mi papá tenía problemas con la policía. El día del golpe no lo vi. El llegó tarde a casa, escucharon el golpe con mi madre, y él se dirigió temprano a su zona de militancia”.

Al día siguiente los llamó su abuela. Su abuelo fue a la comisaría. La abuela presentó un hábeas corpus. A los seis meses, Emilio Grasselli, de la vicaría castrense, les dijo que no lo busquen más, que había muerto.

Madre e hijo se exiliaron en Brasil, sin contactos ni dinero. Estuvieron unos meses hasta que los expulsaron porque no tenían permiso de trabajo. Se instalaron en Villa Gesell. “Mi madre cargó sobre las espaldas la viudez, a su hijo, sola; yo supe de mi hermano veinte años después –dijo–-. Pensé que no era factible encontrarlo.” También mencionó la recuperación del cuerpo de su padre. “No fue fácil –dijo–, no hubo predisposición de la intendencia: irónicamente era Pa-tti el intendente. Sabemos que del libro de ingresos faltaban las hojas del 2 de abril de 1976”, el día que apareció el cuerpo carbonizado de Gonçalves. Los restos de “mi padre no tenían forma de esqueleto, eran como pedacitos de madera balsa con partes esponjosas; uno espera de alguna manera ver a su padre y ve algo que no es; a mí, como víctima, me produce una cosa extraña”, explicó. “Este genocida se presentaba para decir abiertamente que había realizado una serie de homicidios y apremios ilegales, la gente lo votó y yo espero que la Justicia repare.”

Antes de terminar le pidió a Larrandart permiso para leer algo. Era una poesía escrita por su padre. Que era militante, dijo, pero también era poeta. Y luego afirmó: “Esto era mi padre, al que extraño todos los días”.

Siguió el testimonio de Jorge Gonçalves, que describió la desa-parición de su hermano y las búsquedas. Su hermano había estado detenido varias veces, explicó: una en la Regional de San Martín y otra en la comisaría de Escobar, a fines de 1975. “Fui a preguntar por mi hermano –contó– y me dijeron que no estaba.” Pidió por el oficial. “Ya le van a dar la libertad a su hermano”, le respondió. Entonces le preguntó a esa persona por qué siempre detenían a Gastón, lo tenían dos o tres días y lo largaban. “Lo que pasa con su hermano –le respondió ese oficial– es que es un avivagiles.” Jorge aseguró que con el tiempo se dio cuenta de que esa persona era Patti.